Aprender a mirar mi propia multipasionalidad
¿Qué sucede cuando una persona tiene demasiadas curiosidades y, en lugar de intentar reducirlas, empieza a entenderlas como parte de su manera particular de existir?
Durante mucho tiempo no supe muy bien qué hacer con todas las cosas que me interesaban.
Me gustaba la moda, pero también la escritura; la fotografía siempre me ha llamado la atención y la danza ha estado presente en mi vida de distintas maneras desde que era una niña. Quería aprender cosas nuevas, empezar proyectos, investigar temas que aparecían de repente y, muchas veces, seguir una idea simplemente porque no podía dejar de pensar en ella.
El problema era que no siempre sabía dónde poner todo eso. A veces sentía que estaba empezando demasiadas cosas al mismo tiempo. Que mientras otras personas parecían tener muy claro hacia dónde iban, yo seguía encontrando algo nuevo que quería aprender. Y entonces aparecía una pregunta que, aunque sencilla, llegaba a incomodarme: ¿no debería concentrarme en una sola cosa?
Creo que durante mucho tiempo entendí la especialización como una especie de prueba de seriedad. Si realmente quería dedicarme a algo, tenía que elegirlo, profundizar y llegar a dominarlo por completo, concentrarme en ello cien por ciento, sin distracciones, pues dirigir la mirada a otro lado era una dispersión que revelaba una enorme falta de propósito.
Y tiene sentido; hay algo valioso en pasar muchos años cerca de una misma disciplina, conocerla profundamente y construir con ella una relación cada vez más precisa. Sin embargo, no es una fórmula infalible para todo el mundo, porque ¿qué ocurre cuando la curiosidad simplemente no quiere escoger?
Me gusta crear
Pienso que una de las razones por las que siempre termino acercándome a distintas aficiones es muy sencilla: me gusta crear. Me parece una experiencia casi extasiante aquella de tener una idea en la cabeza y luego hacerla aparecer afuera, ante mis ojos y ante los ojos del mundo.
Cuando era niña no pensaba en esto como creatividad. Simplemente hacía cosas: bailaba, patinaba, actuaba; hasta intenté tocar el piano. A los cinco años ya me creía una experta del stylist; les cortaba el pelo a mis muñecas, les inventaba ropa, construía edificios y pasaba bastante tiempo imaginando cosas que solamente existían para mí.
Con los años cambiaron las herramientas, pero no tanto la necesidad. Empecé a dibujar ropa, a tomar fotos, a escribir en secreto lo que sentía y a fabricar accesorios. Cursé la carrera de diseño, aprendí sobre moda y empecé a crear mi propia marca.
Entonces aparecieron otras formas de crear y otras maneras de mirar. Una muy particular que aún conservo —y espero seguirlo haciendo— es la capacidad de conectarme con las ideas tan íntimamente que les permito atravesarme de alguna manera; porque el proceso creativo no va en una sola vía, sino que es recíproco: mientras estoy dándole forma a algo, mi creación cobra vida propia y adquiere la capacidad de transformarme a mí también.
Se convierte entonces en una aventura emocionante; crear no siempre significa saber exactamente hacia dónde vamos, muchas veces significa empezar, probar, equivocarse, cambiar de dirección y volver a intentar. Y a mí me gusta ese proceso.
El problema de querer muchas cosas
Encontré una palabra que me ayudaba a entenderme un poco mejor: multipasionalidad.
No fue una revelación inmediata; al principio también pensé que podía ser una manera bonita de llamar a mi propia dispersión. Porque sí, a veces me disperso. He empezado cosas que no terminé, he querido aprender algo y, antes de llegar muy lejos, otra curiosidad apareció en el camino. También he sentido esa pequeña incomodidad de mirar a personas que llevan años concentradas en una sola disciplina y preguntarme cuánto habría avanzado yo si hubiera hecho lo mismo.
Esa comparación existe y, aunque ahora tenga una palabra para describir lo que me pasa, no significa que todas esas dudas hayan desaparecido. Todavía hay momentos en los que me pregunto si debería acotarme más, si estaría más adelante en alguna de las cosas que hago si hubiera decidido apostar únicamente por una de ellas.
Pero también he empezado a preguntarme algo distinto: ¿qué pasa si el problema no es tener demasiados intereses, sino haber aprendido que para construir una vida con propósito debemos elegir solamente uno?
Durante mucho tiempo pensé que tener muchas pasiones significaba que me faltaba profundidad. Si me interesaba algo nuevo, sentía que estaba abandonando lo anterior. Si quería aprender otra cosa, aparecía la sensación de estar desviándome.
Ahora no estoy tan segura; tal vez el problema estaba en pensar que la profundidad solamente podía construirse de una única manera.
Cuando los intereses empiezan a conversar
Mis pasiones no existen de forma completamente independiente. La moda ha cambiado cómo observo lo bello. La danza cambió mi manera de mirar el cuerpo. La fotografía me enseñó a mirar el arte, lo que ocurre dentro de una composición. La escritura me llevó a quedarme más tiempo junto a una idea antes de intentar explicarla.
Durante mucho tiempo pensé que eran caminos distintos. Incluso podía sentir que tenía que escoger cuál de ellos era realmente mío, pero con los años empecé a notar que no funcionaba así, porque las cosas que aprendo en un lugar terminan apareciendo en otro.
Una experiencia en la danza puede hacerme pensar en una imagen. Una fotografía puede llevarme hacia una idea sobre la ropa. Una conversación puede quedarse rondando en mi cabeza hasta convertirse, meses después, en un texto. Algo que leo puede terminar influyendo en una decisión creativa sin que yo haya buscado conscientemente esa relación.
Es como si las ideas tuvieran una vida más larga de la que imaginamos; no siempre sé cuándo una cosa va a encontrarse con otra. A veces descubro la conexión mucho después, cuando miro hacia atrás y entiendo que algo que parecía aislado estaba alimentando otra parte de mi proceso.
Así fue como empecé a entender mi multipasionalidad de otra manera. Mis pasiones no necesariamente están compitiendo por mi atención. También pueden estar conversando entre ellas.
Entonces la pregunta también cambia, ya no es solamente: ¿en qué debería especializarme?
Empieza a ser: ¿Qué puedo crear desde el lugar en el que todas estas disciplinas se encuentran?
Pienso que una de las razones por las que siempre termino acercándome a distintas aficiones es muy sencilla: me gusta crear. Me parece una experiencia casi extasiante aquella de tener una idea en la cabeza y luego hacerla aparecer afuera, ante mis ojos y ante los ojos del mundo.
Tal vez mi especialidad sea la mirada
No quiero romantizar la multipasionalidad. Tener muchos intereses no significa que todo lo que hagamos vaya a salir bien; tampoco significa que cambiar constantemente de dirección sea siempre una virtud. Hay proyectos que necesitan constancia, conocimientos que requieren años de práctica y momentos en los que, inevitablemente, hay que decidir en qué poner nuestra energía. Y esta distinción también es algo que he tenido que aprender a conocer.
No se trata de hacer todo al mismo tiempo ni de convertir cada curiosidad en un proyecto. Se trata de entender qué lugar ocupa cada cosa dentro de un mismo universo creativo.
Aquí aparece una idea que todavía estoy aprendiendo a aceptar: quizá no necesito convertirme en una experta absoluta en una única disciplina para que mi forma de crear tenga profundidad y sea relevante.
Quizá mi especialidad está en otro lugar. En la mirada.
No en una mirada entendida simplemente como observar, sino en todo aquello que sucede cuando una persona ha vivido, aprendido y sentido determinadas cosas y después se encuentra frente a las ideas.
Porque puedo estudiar lo mismo que otra persona, utilizar las mismas herramientas o aprender de los mismos referentes, pero hay algo que no podemos reproducir exactamente: el lugar desde el que cada uno mira.
Nuestra historia modifica lo que vemos. Lo que nos ha emocionado modifica lo que nos interesa. Lo que hemos aprendido modifica las preguntas que hacemos. Incluso aquello que alguna vez nos confundió puede terminar cambiando la forma en la que entendemos algo años después.
Por eso cada persona puede llegar a una idea desde un lugar completamente diferente y esa combinación también construye una voz.
Así que tal vez mi especialidad no sea una disciplina concreta, sino la forma en que distintas disciplinas se encuentran cuando pasan por mí. No digo esto porque crea que ya encontré una respuesta definitiva. De hecho, probablemente seguiré buscándola, pero me gusta pensar que mis curiosidades no son piezas que tengo que ordenar para conseguir finalmente una versión más coherente de mí misma. Quizá puedo observarlas y descubrir qué tienen para decirse; quizá ahí también hay una forma de profundidad.
No todo tiene que convertirse en algo
También estoy aprendiendo a quitarle un poco de presión a la curiosidad. No todo lo que me interesa tiene que convertirse en un proyecto, no todo lo que aprendo tiene que servirme para trabajar, no toda pasión necesita convertirse en una profesión; y esta idea me ha costado un poco porque cuando nos acostumbramos a pensar en términos de productividad, resulta fácil preguntarnos para qué sirve aquello que estamos aprendiendo, ¿qué podemos hacer con ello? ¿cómo podemos convertirlo en algo concreto?
Pero hay cosas que simplemente quiero conocer. Quiero saber por qué algo funciona de determinada manera, observar algo porque me llamó la atención, probar una actividad, aunque no tenga intención de volverme buena en ella, leer sobre un tema que probablemente no utilizaré nunca en un proyecto. Y creo que también hay valor ahí.
La curiosidad no siempre tiene que justificar su existencia; a veces puede ser simplemente una forma de acercarnos al mundo, porque la creatividad tiene que ver con la manera en que prestamos atención, con aquello que decidimos mirar un poco más, con esa sensación de que algo nos interesa y queremos saber por qué, con las conexiones que hacemos entre cosas que, en principio, no parecían tener ninguna relación.
Crear puede ser una forma de conocer; a otras personas, al mundo y, en mi caso, también a mí misma.
Tal vez mi especialidad no sea una disciplina concreta, sino la forma en que distintas disciplinas se encuentran cuando pasan por mí. No digo esto porque crea que ya encontré una respuesta definitiva. De hecho, probablemente seguiré buscándola.
Me gusta creer
Yo creo porque hago, porque me gusta tomar una idea que todavía no tiene forma y comenzar a darle una; a veces sé exactamente qué quiero hacer y otras veces lo voy descubriendo mientras avanzo; pero también creo en algo.
Creo en las ideas antes de que estén terminadas, creo que una idea puede cambiar cuando se encuentra con otra; creo en la sensibilidad como una manera de relacionarnos con lo que hacemos y con lo que vemos, creo en la curiosidad, incluso cuando todavía no sabemos hacia dónde nos va a llevar, creo en el arte, creo en las personas que tienen algo en la cabeza y sienten la necesidad de sacarlo de ahí para compartirlo con el mundo, creo que crear puede ser una manera de entender algo que todavía no sabemos explicar y creo que nuestras pasiones también pueden transformarnos.
No sé si algún día voy a sentir que ya entendí completamente cómo funciona mi propia multipasionalidad; probablemente no y tal vez tampoco necesito hacerlo.
Durante mucho tiempo quise reducir mis curiosidades para que mi camino pareciera más ordenado. Ahora prefiero aprender a mirarlas, entender de dónde vienen y descubrir qué sucede cuando las dejo encontrarse y simplemente fluir; y es que quizá crear una vida más expansiva no significa necesariamente hacer más cosas, sino permitirnos descubrir cuántas maneras tenemos de acercarnos a lo que auténticamente ya somos, de mirarnos a nosotros mismos.