Detrás del atelier de una diseñadora de moda que decidió no hacer más ropa
¿Qué tiene que pasar detrás del atelier de una diseñadora de moda que ama crear sus propias colecciones para que un día decida dejar de hacerlo?
Imaginar una prenda, dibujarla, encontrar las telas, pensar cómo se movería sobre el cuerpo y finalmente verla existir era una de las partes que más disfrutaba de ser diseñadora de moda. Había algo especial en ese recorrido entre una idea que solo existía en mi cabeza y algo que podía tocar; por eso, cuando empecé mi propia marca, nunca imaginé que un día fuera a intentar escapar de la ropa; yo quería hacerla.
Los primeros cuatro años de La de Mirada Encantadora estuvieron llenos de colecciones y piezas nuevas. Tuve una tienda de diseño y aprendí lo que significa sostener una marca cuando casi todas las tareas terminan pasando por las mismas manos. Diseñaba, pero también atendía a los clientes, hacía las fotografías —a veces hasta modelaba—, manejaba las redes sociales, pensaba en el contenido, respondía mensajes, iba a ferias, preparaba desfiles y lanzamientos, hacía cuentas, empacaba pedidos y resolvía cualquier cosa que apareciera en el camino.
Era la todera y, al principio, me parecía que eso era simplemente lo que significaba tener una marca independiente; hasta que empecé a preguntarme cuánto podía sostener realmente una sola persona.
Hacer ropa implica mucho más que diseñarla. Están los materiales, los proveedores, el patronaje, las muestras, la confección y los acabados, pero también todo aquello que sucede alrededor. Una colección necesita dinero, tiempo y muchas manos, incluso cuando intenta producirse de manera lenta y consciente.
Yo tuve la fortuna de poder intentarlo —lograrlo hasta cierto punto—; soy consciente de los privilegios que me permitieron estudiar diseño de moda, dedicarme a mi marca e imaginar que podía vivir de ella; tuve el amor y el apoyo de mi familia, de colegas, de clientes y de personas que se convirtieron en aliados importantes en el camino; pero aun con todo eso, mantener una pequeña marca de moda centrada en hacer ropa resultó ser mucho más difícil de lo que había imaginado.
No porque fuera imposible, ni porque mi experiencia pueda representar la de todas las diseñadoras independientes. Simplemente descubrí que, para mí, el costo de sostener ese modelo era demasiado alto. No solamente en dinero, también en tiempo, energía y atención.
A esto se sumó un contexto que tampoco parecía ir en la misma dirección: La moda rápida llevaba años acelerando sus ciclos y grandes plataformas internacionales llevaron esa lógica de variedad, precio y disponibilidad inmediata a una escala difícil de ignorar. Para una pequeña marca independiente, especialmente fuera de los grandes centros de la industria, competir desde la velocidad o el precio es entrar a un juego injusto.
La digitalización de la vida cotidiana cambió nuestra relación con el tiempo y con la espera. Hoy podemos desear algo y tenerlo en cuestión de minutos; y un producto físico puede llegar desde el otro lado del mundo a nuestra puerta después de un par de días solamente con unos cuantos clics.
Pero una prenda elaborada de manera personalizada pertenece a otra lógica; puede necesitar semanas para existir y, en un mundo acostumbrado a la inmediatez, esperar empieza a sentirse extraño.
Yo no quería empezar a hacer ropa cada vez más rápido para competir con un sistema cuya principal ventaja era precisamente la inmediatez; tampoco quería que mi vida creativa dependiera de producir constantemente, vender constantemente y volver a producir.
Cuando empecé mi propia marca, nunca imaginé que un día fuera a intentar escapar de la ropa; yo quería hacerla.
No fue fácil cuando llegó la decisión de detener esa etapa; había conseguido algo que había querido con mucha fuerza: una marca propia, colecciones, una tienda, personas usando prendas que habían comenzado con mis dibujos y dejar de hacerlas podía sentirse, en algunos momentos, como si estuviera renunciando a aquello por lo que había trabajado tanto.
Sin embargo, mi relación con el diseño ya estaba cambiando y de alguna manera se sentía irreversible. No había dejado de gustarme la ropa; lo que empezaba a quedarme pequeño era la idea de que diseñar tenía que significar necesariamente hacerla.
Lo que realmente me gustaba era crear: tomar una idea, darle vueltas, investigar, imaginar cómo podía convertirse en algo y disfrutar ese momento en el que finalmente encontraba una forma y, cuando empecé a separar esas dos cosas, apareció mucho más espacio.
Comprendí que un artículo de diseño puede ser una imagen, un patrón, un recurso que le ayude a crear a otra persona, una investigación o un texto. Puede pertenecer a la moda y, al mismo tiempo, conversar con el arte, la fotografía, la narrativa, la memoria o la cultura. Ya no necesito que todo lo que diseño termine convertido en una colección.
Empecé también a mirar de otra manera la palabra atelier. Por años lo imaginé como un taller lleno de telas, herramientas, máquinas, maniquíes y muestras y, aunque puede seguir siendo eso, también puede ser una mesa de dibujo, una pantalla donde se desarrolla un patrón, una cámara, una bitácora o simplemente el espacio mental, físico o virtual donde cobra vida la creatividad.
Me interesa seguir creando objetos con historia, pero también ideas que puedan viajar sin necesidad de convertirse siempre en algo material.
He decidido entonces que mi atelier ya no tiene que estar organizado alrededor de la producción; puede estarlo alrededor de la creación, lo que también cambió mi relación con la moda.
Ahora me interesa pensar en qué puedo hacer con todo lo que he aprendido al diseñar ropa cuando el destino de ese conocimiento no tiene que ser necesariamente fabricar una colección; y en cómo puedo compartirlo, convertirlo en herramientas y ponerlo en circulación.
Por eso los moldes de costura digitales tienen ahora tanto sentido para mí. Diseñar una prenda y convertir ese diseño en un patrón que alguien más pueda descargar, interpretar y hacer con sus propias manos es una manera de llevar el diseño más lejos, pues la pieza ya no termina en quien la imaginó por prima vez, sino que continúa en quien decide hacerla.
Hoy quiero que en el universo de La de Mirada Encantadora haya espacio para las piezas de diseño, pero también para los recursos digitales, la dirección de arte, la divulgación, la reflexión, la inspiración y la educación. Me interesa seguir creando objetos con historia, pero también ideas que puedan viajar sin necesidad de convertirse siempre en algo material.
Eso es lo que hay detrás de este atelier: una diseñadora que sigue enamorada de crear, pero que ya no quiere que toda su creatividad tenga que terminar convertida en ropa.
