Aprender a mirar desde una perspectiva encantadora
¿Qué es tener la mirada encantadora?
No tiene nada que ver con mirar solamente lo bonito; tampoco con encontrarle una explicación amable a todo lo que sucede, como si la vida pudiera convertirse en una sucesión de momentos luminosos si aprendemos a pensar de la manera correcta; así que tampoco va de la positividad tóxica que nos vende muchas veces la nueva era.
Para mí, tener una mirada encantadora tiene más que ver con la forma en que nos acercamos a la vida. Con la curiosidad con la que observamos lo que todavía no conocemos, con la disposición para aprender de otras personas sin dejar que sus maneras de ver terminen reemplazando la nuestra y con esa capacidad —cada vez más difícil de conservar— de mirar sin haber decidido de antemano qué deberíamos encontrar.
Es desarrollar una mirada propia, pero no significa creer que tenemos siempre la razón. De hecho, creo que implica justamente lo contrario: tener suficiente disposición para cambiar de opinión, para dejarnos sorprender, para reconocer que alguien más puede enseñarnos algo y, al mismo tiempo, tener suficiente criterio para preguntarnos qué de todo eso realmente queremos hacer nuestro.
Una de las cosas más interesantes de una persona es precisamente la manera particular en la que termina construyendo su propia mirada. Vamos acumulando referencias, conversaciones, libros, imágenes, lugares, errores, obsesiones, personas que admiramos y otras que nos incomodan; todo eso va formando una suerte de archivo personal desde el cual empezamos a observar el mundo.
Quizás tener una mirada encantadora sea aprender a reconocer ese archivo sin dejar de seguir ampliándolo; pero hay algo más: para mí, la mirada encantadora también es dulce.
Sé que puede parecer una palabra extraña para hablar de percepción; incluso un poco ingenua en un mundo que muchas veces parece premiar la dureza, la velocidad y la separación; sin embargo, creo que la dulzura es una forma de fortaleza que hemos ido olvidando.
Nos hemos acostumbrado a mirarnos —a nosotros mismos y a los demás— con una exigencia enorme. Cuando hacemos algo bien, muchas veces no lo reconocemos y cuando nos equivocamos, podemos pasar un tiempo indeterminado autoflagelándonos. Como si tuviéramos que elegir entre admirarnos o castigarnos, y siempre ganara —casi por defecto— la segunda opción. Pero los seres humanos somos las dos cosas.
Somos las decisiones que salieron como esperábamos y también las que nos hicieron cambiar de dirección. Aquello que aprendimos con facilidad y aquello que tuvimos que repetir muchas veces.
Permitirnos a nosotros mismos una mirada encantadora no significa negar aquello que queremos cambiar. Significa poder verlo sin convertirnos en nuestro propio enemigo; y hay algo profundamente creativo en eso; cuando dejamos de castigarnos por no ser exactamente quienes imaginábamos, surge espacio para preguntarnos quiénes somos realmente. Y ahí aparecen todas las posibilidades.
Quizás tener una mirada encantadora sea aprender a reconocer ese archivo sin dejar de seguir ampliándolo; pero hay algo más: para mí, la mirada encantadora también es dulce.
Elizabeth Gilbert ha hablado de la vida creativa desde un lugar que me resulta muy cercano: vivir creativamente no significa que tengamos que convertirnos en artistas, sino permitirnos explorar nuestras propias curiosidades y pasiones dentro de la vida que ya tenemos.
Me gusta esa idea porque le devuelve a la creatividad algo que a veces perdemos cuando empezamos a hablar demasiado de ella: la capacidad de jugar.
No todo tiene que convertirse en un proyecto que genere una retribución económica; a veces basta con que nos traiga de vuelta al presente y nos haga sentir vivos; esto es especialmente importante ahora cuando una parte tan grande de nuestra experiencia ocurre frente a una pantalla.
Pasamos buena parte del día mirando vidas cuidadosamente seleccionadas; personas que parecen tener el cuerpo, la casa, el trabajo, el viaje, la relación correcta; incluso la creatividad tiene sus propias versiones de perfección: proyectos impecables, estudios impolutos, carreras que parecen avanzar siempre en la dirección adecuada.
La comparación está ahí, disponible todo el tiempo y, aunque sabemos que esas imágenes no muestran vidas completas, eso no siempre evita que nos confrontemos con ellas. A veces terminamos mirando nuestra propia vida desde afuera, como si estuviéramos evaluando si está a la altura de las expectativas de la sociedad.
Por eso conservar una mirada encantadora puede ser un acto revolucionario que va mucho más allá de una manera bonita de nombrar una marca; puede convertirse en una invitación para volver a nosotros mismos y que, incluso en medio de todo ese ruido, todavía podemos preguntarnos: ¿qué se siente auténtico para mí?
La de Mirada Encantadora no es un personaje que vive en un mundo perfecto y encuentra belleza en absolutamente todo; es un concepto que toma forma a la hora de acercarse a las cosas con apertura, dulzura y aceptación.
Una mirada capaz de aprender de lo que encuentra sin perderse dentro de ello. Una mirada que puede cambiar de opinión sin sentir que perdió. Que puede equivocarse sin dejar de quererse. Que puede reconocer algo hermoso en los demás y también reconocer algo hermoso en sí misma. Que todavía conserva la capacidad de sorprenderse.
Tener una mirada encantadora es seguir mirando la vida con curiosidad sin dejar de mirarnos a nosotros mismos con amor. No para construir una vida perfecta, sino una que se sienta propia. No cambia necesariamente lo que hay delante de nuestros ojos; cambia la manera en que elegimos estar frente a ello.
